Es tentador llenar cada día del valle con vinícolas y reservaciones. Pero la casa está hecha para lo contrario, y los huéspedes que se quedan más tiempo suelen dejar un día para nada. Así transcurre ese día.

La mañana entra por el cristal. Café en la terraza mientras el valle sigue fresco y los viñedos atrapan la primera luz. Alguien nada. Nadie tiene prisa.

Para media mañana el sol está en la alberca y los camastros, y el día toma su forma — un libro, una comida larga que cocinan juntos en la cocina abierta, el tocadiscos sonando. Si prefieres no cocinar, es un buen día para pedirle al concierge un chef, que compra, cocina y limpia, y les deja la mesa y la vista.

El valle guarda lo mejor para las cinco, cuando las colinas se vuelven oro y luego rosa, y todo el poniente monta un espectáculo. Enciende el fuego. Abre algo que compraste esa semana. Mira llegar las estrellas sobre un lugar sin contaminación lumínica que las esconda.

Ese es el día para el que se diseñó la casa. Todo lo demás — las vinícolas, las mesas — se disfruta más por haberlo tenido.

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